El corazón no se puede maquillar

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OPINIÓN SOBERANA

La apariencia y la verdad del corazón

La advertencia de Jesús contenida en Mateo 23 continúa confrontando a una sociedad donde, con frecuencia, parece más importante aparentar ser bueno que realmente serlo.

A lo largo de la vida todos hemos conocido personas que proyectan una imagen impecable: hablan correctamente, muestran buenos modales y parecen tener siempre la respuesta adecuada. Sin embargo, muchas veces la realidad que existe detrás de esa apariencia es muy distinta.

No se trata de un fenómeno moderno. Hace más de dos mil años, Jesús denunció precisamente esa conducta.

En Mateo 23:24-28 utilizó una comparación sencilla pero poderosa. Habló de quienes limpian el vaso por fuera mientras por dentro permanece sucio. Su mensaje era claro: la verdadera transformación comienza en el interior.

Hoy seguimos viviendo una época donde la apariencia ocupa un lugar privilegiado. Las redes sociales exhiben vidas perfectas, éxitos permanentes y sonrisas inquebrantables. Sin embargo, la autenticidad no se mide por una fotografía ni por una publicación. Se revela en las acciones cotidianas, en el trato hacia los demás y en las decisiones que tomamos cuando nadie nos observa.

La experiencia enseña que la bondad genuina no necesita promoción. La honestidad no requiere propaganda. La humildad no necesita exhibirse. Cuando el corazón está en paz, esa paz se refleja naturalmente en las palabras, los gestos y la conducta.

De igual manera, cuando el interior está dominado por el resentimiento, la envidia o la falsedad, tarde o temprano esas actitudes terminan manifestándose.

La enseñanza de Jesús no condena el orden, la buena imagen o las buenas costumbres. Lo que cuestiona es la hipocresía: la práctica de aparentar una vida recta mientras se descuida la integridad del corazón.

Por eso su mensaje sigue vigente. Antes de preocuparnos por cómo nos ven los demás, debemos preguntarnos quiénes somos realmente cuando nadie nos está observando.

La pureza del corazón es una tarea diaria. Implica reconocer errores, pedir perdón, corregir conductas y vivir con la misma honestidad en privado que en público.

 

Al final, las personas pueden admirar nuestra apariencia, pero Dios conoce la verdad de nuestro corazón. Y es allí donde ninguna máscara puede permanecer para siempre.

Tomada de las redes sociales/Manolo Guevara

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