EL CASO HAITIANO: UNA HISTORIA QUE PODRÍA REPETIRSE CON ACTORES DIFERENTES
Una advertencia planteada hace más de dos décadas sobre el futuro de las relaciones entre República Dominicana y Haití.
A principios de mis escritos, durante la primera mitad de la década de los años 2000, abordé el caso haitiano, advirtiendo sobre la posibilidad de que la historia volviera a repetirse, aunque con actores diferentes. Sostenía entonces que el pueblo dominicano podría enfrentar, en el futuro, grandes dificultades en su relación con Haití, hasta llegar a escenarios de confrontación étnica, como ha ocurrido en otras naciones, especialmente cuando las diferencias históricas, culturales, políticas y demográficas no encuentran mecanismos adecuados de solución.
Cuando hablamos de conflictos étnicos, resulta inevitable recordar el caso de Kosovo, una región histórica y geopolítica de la península de los Balcanes, donde las tensiones entre las comunidades albanesa y serbia desembocaron en un conflicto armado de graves consecuencias. Esta referencia histórica no significa que República Dominicana necesariamente repetirá ese escenario, pero sí constituye un motivo de reflexión sobre los riesgos de permitir que las diferencias entre poblaciones se conviertan en divisiones irreconciliables.
Haití, lamentablemente, presenta enormes dificultades para convertirse en una nación institucionalmente estable y funcional. No se trata de desconocer sus grandes talentos humanos ni de ignorar las múltiples ayudas internacionales que ha recibido, sino de reconocer que ningún esfuerzo externo será suficiente mientras no se produzcan profundas transformaciones internas.
El problema haitiano no es exclusivamente económico ni político; también tiene profundas raíces sociales, culturales e institucionales. Durante décadas, sus estructuras de gobierno han demostrado una fragilidad extraordinaria, con autoridades que se suceden constantemente, instituciones debilitadas y una permanente ruptura de los compromisos que impide construir un proyecto nacional duradero.
La verdadera transformación de Haití requiere comenzar desde dentro: desaprender prácticas perjudiciales, fortalecer sus instituciones, construir una cultura de unidad, responsabilidad y cumplimiento de los compromisos, y establecer una convivencia basada en el respeto a las diferencias.
Aunque cuenta con personas de extraordinaria capacidad intelectual y profesional, el país continúa atrapado en un círculo de inestabilidad, pobreza y descomposición institucional. Las creencias religiosas y las expresiones culturales, por diversas que sean, no deben convertirse en instrumentos de estigmatización; el verdadero desafío es construir una sociedad que respete la dignidad humana y los derechos de todos.
EL FACTOR DEMOGRÁFICO Y LA PREOCUPACIÓN DOMINICANA
Otro aspecto que señalamos desde hace años es el factor demográfico. La diferencia en los niveles de fecundidad entre ambas poblaciones, sumada a los movimientos migratorios y a las debilidades de los controles fronterizos, representa un desafío que merece atención.
Las estadísticas internacionales muestran que Haití mantiene una fecundidad superior a la dominicana, aunque no alcanza el triple, como se ha afirmado en algunas apreciaciones. Esta diferencia, junto con la migración y la concentración poblacional, obliga a examinar con seriedad las consecuencias que podrían producirse a largo plazo.
Mi preocupación no consiste únicamente en el crecimiento de la población haitiana, sino en la capacidad del Estado dominicano para administrar adecuadamente los movimientos migratorios, garantizar el cumplimiento de las leyes y preservar la identidad, la soberanía y la estabilidad nacional.
La convivencia entre ambas poblaciones requiere reglas claras, respeto a las leyes dominicanas y una política migratoria firme, ordenada y sostenible.
La integración social no puede confundirse con la renuncia a la identidad nacional. Quien decide establecerse en otro territorio debe respetar sus leyes, instituciones, cultura y normas de convivencia, sin que ello signifique tener que abandonar sus propias raíces.
LA PRESIÓN SOBRE LOS SERVICIOS PÚBLICOS
Como si todo esto fuera poco, preocupa la presión sobre los servicios públicos dominicanos. La salud, la educación y los programas de asistencia social, incluidos los Comedores Económicos, requieren estadísticas transparentes que permitan conocer la proporción de beneficiarios dominicanos y extranjeros, así como el impacto real sobre el presupuesto nacional.
La solidaridad humanitaria es un principio que debemos preservar, pero también es responsabilidad del Estado garantizar que los recursos públicos sean administrados con transparencia y que las necesidades de la población dominicana sean debidamente atendidas.
La República Dominicana no puede permanecer indiferente ante la crisis haitiana, pero tampoco puede asumir indefinidamente las consecuencias de un Estado vecino que no logra organizarse ni garantizar condiciones mínimas de estabilidad a su población.
EL PAPEL DE LOS AYUNTAMIENTOS Y LA SOCIEDAD ORGANIZADA EN EL CONTROL MIGRATORIO
Reitero que la Dirección General de Migración debe contar con mecanismos de coordinación que permitan involucrar directamente a los gobiernos municipales, mediante las alcaldías, y a los diferentes sectores de la sociedad organizada, incluyendo juntas de vecinos, asociaciones comunitarias, organizaciones empresariales y entidades sociales.
Es necesario crear condiciones para que los ayuntamientos puedan participar activamente en la identificación de las necesidades y realidades migratorias de sus territorios, colaborar con las autoridades competentes y contribuir al cumplimiento de las disposiciones legales, respetando siempre los derechos fundamentales de las personas.
La República Dominicana no puede continuar enfrentando de manera improvisada una migración haitiana irregular que representa importantes desafíos para la planificación municipal, los servicios públicos, la seguridad y la convivencia social. Se requiere una política migratoria organizada, con capacidad de supervisión, coordinación territorial y aplicación efectiva de las leyes.
Considero que las alcaldías deben convertirse en aliadas estratégicas de la Dirección General de Migración, facilitando información territorial y promoviendo la participación comunitaria, sin sustituir las competencias legales de las autoridades migratorias.
HAITÍ NECESITA RECUPERAR LA PAZ Y LA INSTITUCIONALIDAD
Asimismo, saludamos la disposición expresada por el presidente salvadoreño Nayib Bukele de contribuir al rescate de los técnicos secuestrados y enfrentar las bandas criminales que mantienen a Haití sumergido en la violencia y la inseguridad.
La recuperación de la paz, el fortalecimiento institucional y el restablecimiento del orden son condiciones indispensables para que el pueblo haitiano pueda retomar el camino de la unidad y el desarrollo.
Haití necesita recuperar su institucionalidad, garantizar la seguridad de sus ciudadanos y construir las condiciones que permitan a su gente vivir dignamente en su propia tierra. Ninguna nación puede alcanzar el desarrollo mientras permanezca sometida a la violencia, el miedo y la desintegración de sus instituciones.
UNA ADVERTENCIA PARA EL FUTURO
Mi advertencia, planteada hace más de dos décadas, sigue teniendo vigencia como motivo de reflexión: si no se establecen políticas responsables, acuerdos efectivos y límites institucionales claros, las tensiones entre ambos pueblos podrían agravarse, con consecuencias impredecibles para la estabilidad de la isla.
No podemos esperar a que los problemas alcancen dimensiones mayores para comenzar a buscar soluciones. La historia de otras naciones demuestra que las diferencias étnicas, culturales, territoriales y políticas, cuando se combinan con conflictos institucionales y tensiones sociales, pueden generar escenarios de difícil resolución.
La República Dominicana tiene el derecho y la responsabilidad de proteger su territorio, su soberanía, sus instituciones y su identidad nacional, sin desconocer los principios humanitarios ni la dignidad de ningún ser humano.
La solidaridad humanitaria debe coexistir con la soberanía, la seguridad nacional y el respeto a la identidad dominicana.
Por eso, considero que las advertencias que formulamos a principios de los años 2000 no deben ser ignoradas. El futuro de la isla dependerá, en buena medida, de la capacidad de ambos pueblos y de sus autoridades para enfrentar sus realidades con responsabilidad, madurez política y visión de Estado.
Por: Manolo Guevara Díaz